El retroceso

El retroceso




 Un nuevo día que no significaba absolutamente nada en su vida. Cuando él abrió sus ojos por primera vez esa mañana la luz fluorescente lo hizo gruñir. Aquella luz molesta, que lo había acompañado en su estadía en la cárcel, ahora le daba justo en los ojos que no se habían acostumbrado aún al brillo extraño. En ese momento, pestañeando para adaptarse, deseó que en esa pequeña celda hubiese una ventana, una pequeña al menos, que fuera su contacto con el mundo exterior, que él a pesar de todo seguía queriendo. Pero eso era pedir mucho, ¿cómo habría ventanas con el riesgo que eso exponía? Si hubieran querido poner una ventana tendrían que haber tomado todos los recaudos necesarios para que los rayos no quemaran todo lo que tocaran.
 Él se mantuvo acostado, con las manos debajo de su cabeza, soñaba despierto, como siempre. También recordaba aquellos viejos tiempos en los que se sentaba con su abuelo a escuchar sus historias. Recordaba esas tardes con un especial cariño, porque esas historias parecía poseer el poder de transportarlo a tiempos en los que él siquiera había vivido. Recordaba cada palabra de su abuelo, cada comparación y cada anécdota:

  “Recuerdo las historias que mi abuelo me contaba cuando yo era igual de pequeño que vos. Esas historias me llenaron de esperanza y buenos pensamientos, y espero, que los mismos sentimientos se reflejen también en tu futuro. Porque se cuenta, que antes nada era como lo es ahora…”

 “... se cree que antes, con el amanecer de cada día el pasto verdadero se sentía frió y húmedo. Una vez leí un libro de ficción sobre un hombre que retrocedió miles de años, al momento donde todo era aún natural, solo para comprobar si eso era cierto, y sí lo era. Yo pienso que es una lástima entonces, que el pasto verdadero se haya reemplazado por el pasto sintético de hoy en día. En esa época, todo crecía de la tierra…” 

 “ Antes, cuando el padre de mi abuelo era un niño la gente todavía poder salir al exterior sin protección, no por mucho tiempo claro, pero aunque sea uno podía quedarse parado cinco, quizás diez minutos sintiendo el calor de la luz del sol. Aún en esa época quedaba un poco de protección natural pero luego, lamentablemente, vinieron años terribles donde se dice que el hombre terminó de destruir la… ya me olvidé su nombre. La memoria de un viejo nunca es confiable. Pero si recuerdo querido nieto que, según las historias, antes en ciertas partes del mundo había grandes bloques de agua congelada, y al desaparecer, ciudades enteras quedaron sumergidas, había algunas... ”

 En esa celda todas esas historias parecían ya muy lejanas. ¿Había sido cierto todo lo que había dicho su abuelo en aquella sala? ¿O sólo eran los cuentos inventados de un viejo loco?
 - Pasto mojado y Sol sin protección… ¡Pfff! Claro- susurró él.
 Claro que su abuelo mentía. Si todo era cierto, ¿qué había llevado a la destrucción de semejante mundo donde uno podía respirar y acostarse al Sol? ¿Cómo era posible que esas hermosas cosas hubieran desaparecido como si nada? Nada tenía sentido. Según su abuelo, antes no existía solo una gran población, sino cientos de ellas. ¿Cómo era posible que hubiera desaparecido tanta gente hasta convertirnos todos en parte de una misma comunidad? Mentiras. Todo eran mentiras.
 Él se levantó de su camastro y anduvo por alrededor de la celda con pasos apresurados, meditabundo. Su casco le pesaba más de lo normal esa mañana, se lo hubiera arrancado de la cabeza si no fuera vital para él, tan solo si no le suministrara el aire puro. Se sentía mareado y agitado. Todos los cuentos con lo que había crecido habían sido puras mentiras, era un idea devastadora. Pero a su vez, esas mismas mentiras lo habían llevado a ser quien era y a hacer lo que él había hecho. Gracias a esas mentiras su cerebro se había desarrollado con ciertas ideas que habían hecho todo esto posible.
 “¿Qué hubiera sido de mí sin esas mentiras? ¿Qué sería del mundo sin la sabiduría de mi abuelo?” pensó para sus adentros.
 De repente, una sonrisa se le escapó, miró hacia arriba, al techo gris que tenía tan solo a unos pocos metros de su cabeza, había tantas preguntas dentro de él purgando por salir. Quería gritar, deseaba, más que nada en el mundo que su abuelo estuviera ahí para ver la “Obra de arte”, como él la llamaba.
 - Abuelo, si tan solo pudieras ver en lo que se convertirá el mundo- susurró, aún sonriendo-. Siempre me repetías la misma frase. “Si desean ellos avanzar hacia un mundo mejor, deben aprender a retroceder”.
 Tomó un largo trago de aire. Sabias palabras había pronunciado su abuelo, y él, al fin, podría lograr que eso se cumpliera.
 - ¿Querías retroceso? Espera a ver mi Obra, Abuelo- no se dio cuenta que estaba gritando.
 Esta vez comenzó a reír, algo histérico, de nervios. En ese momento, oyó los pasos que se acercaban a su puerta, se volteó lentamente justo para ver a dos oficiales entrando a su celda.
 - Bonitos cascos, señores- dijo él a modo de saludo.
 Los hombres, sin hablar y apenas mirándolo, lo tomaron de los brazos y lo escoltaron todo el camino, por ese estrecho pasillo gris y sin ventanas. Las botas de los oficiales resonaban por todas las paredes, casi era un ruido insoportable en el medio de todo el silencio. Él solo deseó que todo esto acabara, pero sabía que ya no faltaba mucho. Tomó un gran trago de aire, pero en realidad, lo que buscaba era coraje.
 Luego de unos minutos, y unas cuantas esquinas que solo prolongaban el entristecido pasillo los oficiales se plantaron frente a una puerta de acero, como la de su celda. Uno de ellos introdujo la clave en un pequeño aparatito y se hizo a un lado, el otro, que aún lo sostenía por el brazo, lo obligó a entrar al pequeño cuarto que no era una celda. Esta habitación solo tenía una mesa, también de acero con dos sillas enfrentadas. El oficial casi lo lanzó a una de ellas, la más alejada de la puerta y luego se alejó y la puerta volvió a sellarse.
 Él se quedó allí sentado, jugando con una manga de su mono. Intentaba esconder su ansiedad, pero no podía contenerse, con una sonrisa en le preguntó, a los gritos, a los oficiales que esperaban del otro lado cuánto más lo tendrían allí. Justo en ese momento la puerta se abrió de un golpe.
 - Ya sabías que iba a venir. ¿No es así?- un hombre de traje elegante apareció en la habitación.
 - Es un honor tenerlo acá, Señor Presidente. Pero creo que quedó en claro que no voy a dar el brazo a torcer.
 - Nada es certero hasta que yo lo diga- el hombre se sentó en la silla de enfrente y reposó sus codos en la mesa para acercarse a él-. Lo entiendo, aunque no lo parezca. Entiendo la idea, ¿Sabe? El miedo es capaz de cambiar las ideas, los deseos, incluso el actuar de las personas. Eso es lo que está buscando, un cambio. ¿Verdad?- el hombre de traje elegante se levantó de su silla y comenzó a rodear la mesa lentamente-. Lo entiendo, pero no logrará nada así. No enviará ningún mensaje de este modo. ¿Acaso no lo ve?
 - Es un acto muy noble que quiera ganar mi confianza con discursos baratos, pero nada de lo usted me pueda decir cambiará mi parecer, y menos mi actuar. Mi Obra no tiene vuelta atrás. Lo que está hecho no puede remediarse. La raza humana sabe muy bien esto, destruimos todo los que nos quedaba. Yo sólo vengo a terminar la tarea.
 - ¡No existe tal cosa como la Obra!- el presidente golpeó sus puños contra la mesa tan fuerte que el sonido hizo que los dos guardias entraran apresurados para comprobar que todo estuviera bien.- ¡Márchense!- y cual lacayos, los oficiales desaparecieron por el umbral con la misma rapidez con la que habían aparecido.
 - Usted cree que no existe la Obra, pero existe, y está a punto de dejar su huella.
 En ningún momento él perdió la calma, mantuvo su sonrisa durante toda la “entrevista” y la seguridad en su plan.
 - ¿Qué pretende con esto?- el presidente se había calmado, pero aún se lo veía nervioso, él creyó que estaba asustado.
 - ¿No lo ve? Este mundo se ha convertido en un desastre-alzó sus brazos- y es nuestra culpa. Todo lo que hacemos por nuestro bien es lo que mata al mundo en que vivimos. ¿Valió la pena? Todas esas piedras, esas nubes toxicas, fuimos completamente egoístas y nos dimos cuenta muy tarde. Vengo a cambiar el mundo, vengo a transformarlo.
 - ¿Cómo planea hacer eso?- el  presidente volvió a sentarse, esta vez sorprendido, el plan estaba a punto de ser revelado y lo sabía. Estaba ansioso y asustado, sus ojos estaban bien abiertos y la frente sudaba.
 - Uno creería que no podemos volver el tiempo atrás, pero si podemos.- el hombre se apoyó en la mesa, para acercarse más- Solo necesitamos retroceder al tiempo donde los saberes no destruían el mundo. “Sin avance, no hay destrucción”  dijo una vez un sabio. Vengo a hacer lo que nunca nadie pudo, retroceder el tiempo.
 - Eso es imposible. No puedes retroceder el tiempo para borrar el avance.
 - No, señor, nada es imposible cuando el deseo es tan fuerte como el mío. Quizás sea cierto, no puedo borrar el avance, pero si hacerlo desaparecer.
 - ¿Cómo? ¿Algún virus? Sabe que sin la tecnología prácticamente moriríamos.
 - No voy a atacar la tecnología, voy a atacar los saberes más básicos de la humanidad- dijo él con una sonrisa triunfante en el rostro.
 “Ya casi abuelo, ya casi”
 El presidente pensó un segundo antes de hablar.
 - ¿Cómo va atacar algo que es parte de la misma humanidad? Para eso necesitarías…
 Él comenzó a reír cuando vio la reacción del presidente. 
 - Ahora lo entiende. ¿No es así? El mundo era mejor antes. Cuando los hombres vivían por su cuenta, no había saberes que destruyeran el mundo. La sociedad comenzó a caminar, y con eso, el mundo se convirtió en una esfera donde ya casi no se puede vivir. Nosotros hicimos desaparecer al mundo, tal como era, es hora de nuestra lección. Todo sería mejor si volviéramos a la antigüedad.
 - ¿Cómo vas a hacer eso?- el presidente ignoró las formalidades en ese momento- ¿Acaso crees que puedes crear una especie nómadas sin saberes que nos detenga?
 - No, el universo se encargará de crear una nueva especie. Yo solo acabaré con esta.
 Todo se detuvo en ese mismo momento. El presidente finalmente comprendió todo lo que ese hombre había querido. Un retroceso para la sociedad significaba una pausa para el mundo, si ya nosotros no podíamos vivir en este mundo, quizás esté se ocupara de crear una especie que si pudiera. Haría que toda la raza humana desapareciera y sólo había una forma de que eso fuera posible.
 - No puedes hacerlo… ¿Cómo…?- el presidente se detuvo, asustado por la respuesta a la pregunta que se formaba en su cabeza.
 - Ya ha habido otras, sólo que la mía será mejor. Alcanzará cada zona del planeta y eliminará todo rastro de saber, de destrucción. Todo empezara con un boom y luego todo desaparecerá. Así de fácil el mundo quedara vacío, y todo volverá a comenzar en millones de años, si es eso posible. Lo merecemos y usted lo sabe.
 El presidente estaba pálido, no había expresión en su rostro. El hombre salió corriendo a toda velocidad, para alertar a quien pudiera de la bomba nuclear más grande que el mundo conocería. Pero lo cierto es que nadie podría parar lo que había comenzado. Solo faltaban pocos minutos para que todo desapareciera.
 Él comenzó a reír, mientras veía correr al presidente y a los dos guardias que repentinamente se habían olvidado de él.
 - Todo lo que has querido está aquí, abuelo. Sólo debes esperar.
 Por su cuenta volvió a su celda, ese lugar en que sentía como casa, ya que él nunca había tenido una desde que su abuelo había muerto. Se sentó a esperar que el trabajo de su vida dejara su marca, esperó hasta el momento exacto con los ojos esperanzados. Sabiendo que su abuelo estaría orgulloso de la Obra de arte. Una sonrisa se asomó por su rostro.
 - Hasta siempre, abuelo.


 Luego, todo se volvió negro y el tiempo pareció retroceder. 

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